Creía que gracias a ti me defendía de lo que me podía causar daño, pero en realidad lo único que hacías era empeorar las cosas, me odiaba a mi mismo y no encontraba soluciones. Las palabras que sabías que me afectaban y me ponían más furioso me lo vivias diciendo... Una rabia entraba en mi interior y notaba como te alegrabas de lo que me pasaba. Me insultabas, sintiéndome inferior a cualquier ser vivo y conocías perfectamente, que cada noche que llegabas yo era cada vez más débil. Sólo podía observar una sombra con dos alas negras a los lados. Tu aspecto me tranquilizaba y me daba confianza, aunque no te viera con claridad. Me encerré en la habitación más oscura de mi casa y comencé a rasgarme mi muñeca izquierda hasta derramar mi propia sangre. Tú me mirabas y sonreías; cuanto más sufría mayor era tu felicidad. Mis ojos, esos ojos tristes que te miraban. Entonces comprendí que nunca debes darle fin a las cosas, sólo esperar a que terminen por si solas. Desapareciste. Pero siempre has estado en mi, porque estás dentro de mí.
