Ojos que no ven, corazón que sufre
Para
poder ver más allá es necesario abrir bien grande los ojos, esos ojos que quizás
venían mirando hacia un solo lugar. Mirando hacia un rincón, haciéndonos sentir
tan solas. Esos ojos que vieron tantas alegrías, que dejaron escapar tantas
lágrimas, que transmitieron tanto rencor, que miraron para un costado…Esos ojos
que se negaron a ver, que se cerraron cuando el dolor apareció como una
inminente punzada al corazón.
Nuestros
ojos se pueden volver muy testarudos, al igual que nuestro corazón. No sólo en
cuanto al amor sino en muchos momentos de la vida. Por momentos parece que lo único
que pueden hacer es reflejar una infinidad de recuerdos. Recuerdos buenos y
recuerdos dolorosos, pero que nos persiguen. Por momentos también tienen que
soportar el ardor de lágrimas llenas de dolor. Y por otros hacen todo lo
posible por no dejarlas caer, por no volverse vulnerables. Tras una decepción
inesperada, tras una gran herida, nos rodeamos de oscuridad. Nos escondemos en
esa oscuridad ya que en la oscuridad no podemos ver. O mejor dicho, no queremos
ver.
Tenemos
miedo a ver. Ver que más allá de todo, nos queda mucha fortaleza. Ver que no
tener a ese alguien, no significa estar solos. Que desde que venimos a este
mundo somos personas completas, con virtudes y con defectos. Pero capaces de ser
felices por merito propio. Que sólo después de lograr esa felicidad, podemos
compartirla con alguien más. Ver que sí podemos, que sí vamos a seguir
adelante, que sí hay futuro. Ver que la vida es una gran historia y no sólo un
capítulo.
Nuestros
ojos se cierran y así solo ven el dolor que tenemos en el corazón, sólo ven
recuerdos. Los errores cometidos, la culpa, la tristeza, la estupidez y
especialmente la felicidad que quedó atrás. Con los ojos cerrados no podemos
ver nuestro reflejo, no podemos ver de lo que estamos hechos. Dicen que “ojos que no ven, corazón que no siente”.
Yo creo que todo lo contrario. Cuanto más nos negamos a ver, más sufrimos.
Abramos
los ojos, veamos más allá. Miremos para adelante con la frente en alto. Soñemos
sí, pero con los ojos bien abiertos. Tan fácil es ver lo que nos falta y tan difícil
ver lo que tenemos. Tan fácil culparnos por nuestros errores y tan difícil
reconocer nuestras fortalezas.
Acostumbrados
a ver rostros sin expresión, acostumbramos a desconfiar de los que sí nos quieren
decir algo. Pero también tantos lugares llenos de luz, tantas personas con las
que todavía no compartimos ni una sola mirada. Tanta confianza que todavía no
cedimos, tantas riendas que todavía no soltamos.
Queda
mucho
camino por recorrer y en ese camino mucho por ver. Mucho por sentir,
por
soñar, por reír. Quizás nos volvamos a caer, pero también a levantar. Y
quizás
nos cueste volver a abrir los ojos, pero también lo volveremos a hacer.
Volveremos a ver
sin ese velo de triste fantasía, sin ese tinte de negatividad,
volveremos a ver más allá del pasado, volveremos a vernos a nosotros
mismos. Pero sobretodo volveremos a confiar. Confiar en
alguien, confiar en el futuro y especialmente confiar en nosotros
mismos.
Lucha
porque esos ojos no se cierren. No dejes que se cieguen, no dejes que se
ofusquen, no dejes que se rindan…no te rindas. Sólo es cuestión de tiempo para que
se vean encandilados una vez más.