25 mar 2012


Siempre me creí fuerte, decidida, confiada. Pero cuando el llegó... todo se echó a perder. Con un hombre, la palabra "no" no existe. Sabe que hacer, como actuar. Encuentra las palabras exactas, y las acomoda a la perfección para hacernos caer como estúpidas.

En esos momentos, los días pasan... y las cosas no parecen ir tan bien. Tenes fe, tratas de no darle importancia. Pero... es inevitable. Cada pequeño detalle que sale mal, es motivo para estar horas y horas pensando en que estarás fallando. Y de repente, en el momento menos oportuno, un millón de preguntas se te vienen encima: ¿Por qué? ¿Que hice? ¿Que me falta? ¿Es ella mejor que yo?

A veces, somos tan patéticas. Porque durante esas horas... jamás se nos ocurrió pensar que el estaba fallando. Aunque en el idioma, o mejor dicho, en le pensamiento mujer… eso no existe. Es imposible ¿Como él va a estar fallando? Si es odiosamente perfecto.

Después de tanto pensar, se "decide" y lo busca. Le habla, quiere hacerlo entrar en razón, le explica lo que siente. Mientras él, casi sin enteres y por obligación, escupe un "Tenes razón, por vos voy a cambiar". Es ahí... cuando tu mundo pasa de blanco y negro, a un arco iris de ilusión. Lo besas, lo abrazas; le agradeces por haberte entendido. Sin darte cuenta... que son incontables las veces que escuchaste salir eso de su boca. Pero no, el dijo que va a cambiar, y vos estás segura que esta vez va a ser en serio.

Las cosas parecen ir siempre igual, nos ves un rayo de luz en la tormenta. Fueron largas noches... mezcla de lágrimas, recuerdos e indecisión. Hasta que asumiste que ya no hay motivos para seguir remando. La desilusión, una vez más, toco a tu puerta. Ya estas lista, ya tenes el valor para enfrentarlo. Estas convencida, no hay vuelta atrás. Hasta que tenés sus ojos clavados en los tuyos, esperando escuchar lo que tengas que decirle, y pensando qué tácticas va a usar esta vez.

Como de costumbre... bastaron tan solo dos palabras para que caigas de nuevo en la trampa. Y vos, que camino al encuentro pensabas que ya no era imprescindible... mírate ahora, con sus brazos alrededor de tu cintura, y esa sonrisa que ilumina tu mundo de polo a polo.

La mujer es masoquista, le gusta que la hagan sufrir. Y así vamos a seguir: ciegas, sordas y mudas con tal de mendigar un poquito de ternura. Porque cuando una mujer ama, lo hace y por siempre. Por eso no tenemos el valor para arrancar a un hombre de nuestras vidas de un solo saque. Damos vueltas, tratando de encontrar una solución que quizás no existe. Pero... ¿Qué más da eso? ¿Qué importa lo que nos den o lo que nos dejen de dar? Aunque ya no queden ganas, ellos siempre van a incentivarnos a intentarlo una vez más.