Salomé.
Salí
corriendo cual niño desesperado que busca a su madre porque su pequeño amigo le
saco su juguete. Estaba exhausta, necesitaba alejarme por un momento. No podía
tolerar más el ruido del teclado, de los clics en el mouse, la música en los auriculares
de mis compañeros, el sonido de
teléfonos, papeles, carpetas, todos los ruidos habidos y por haber en una
oficina con 57 empleados.
Llegué
a las vías del tren. Abajo corría un arrollo, es decir que las vías cumplían la
función de puente además. Me senté, agarre una piedra y la tire en el arroyo.
El sol bajaba, mi teléfono sonó, y lo tiré al agua. De a poco oía como dejaba
de funcionar. En ese momento deseé tener la cámara.
De
repente vi que un hombre se acercaba, tenía aspecto zaparrastroso y parecía muy
cansado. Se sentó a mi lado, y no tuve miedo. Cualquier persona en su sano
juicio le hubiera tenido miedo, pero yo no. Tomo una pipa, y metió adentro
tabaco. Cuando la prendió supe que era de chocolate por el aroma que se sentía
en el aire. Corría poco viento, por lo que esa tarde era muy linda, con el sol
yéndose y la luna apareciendo.
El
hombre me pasó su pipa, yo la puse en mi boca y fumé, se sintió muy raro, nunca
lo había hecho. En realidad detestaba el hecho de fumar, pero quise cambiar un
poco, estaba cansada de siempre la misma situación.
Me
habló, después de quince minutos de silencio, habló:
-
¿Qué se siente?
-
Es raro – dije – siento el gusto del chocolate, pero no puedo explicar
cómo es el gusto del tabaco.
-
No, eso no. ¿Qué se siente estar apegada al sistema? ¿Ser lo que todos
quieren que seas?
-
Mejor no hablar de ciertas cosas – dije y me levanté, dándole a
entender que me estaba yendo.
-
Mañana voy a estar acá nuevamente, a esta misma hora. No es una cita,
no es una invitación, nada más que siempre estoy y esta vez apareciste vos.
-
Bien – dije, y me retire sin nada más que decir. Sin mirar atrás y
convencida de que mañana no volvería.
Son las
23.29, y yo preocupándome porque no puedo dormir. Toda la tarde pensando en el
hombre, no lo vi a la cara, solo vi su mano, la pipa, y su ropa. En realidad,
no pensaba en el hombre, sino en la breve charla que tuvimos. ¿Cómo supo de mi
amargura sobre el repetir todos los días la misma rutina? Sigo siendo la misma,
mañana me levanto, cepillo mis dientes, mi pelo, me maquillo, uso la misma ropa
para la oficina. Seguro será distinto porque espero que mi jefe me rete por no
contestar sus llamados e irme antes del trabajo, pero eso no me tiene
preocupada. Estoy dudando de volver a la vía.