25 ene 2014

II

Las 07.55, la oficina estaba vacía, como de costumbre, todos llegaban tarde. Aproveché y me tomé un café puro, sin azúcar, sin leche, bien fuerte como me gusta.
A las 8 llegó Josefina. Ella era la única amiga que podría decirse que me entendía a la perfección. Pelo corto, ojos celestes, estatura normal. No cantaba muy bien y no andaba mejor, pero sonreía y era la más linda. Me contó que su planta había florecido, me puse muy feliz porque eso significaba que volverían las noches de locura como en los viejos tiempos.
Le comenté de este hombre. Me dijo que tenga cuidado, que podría ser un loco cualquiera. Yo le dije que si, para que no se preocupe… la verdad es que quería verlo nuevamente. 
Roberto, mi jefe, no me miró, no me dirigió la palabra. Solo paso a mi lado como si nada hubiera sucedido. La verdad es que no me preocupé, en realidad, si me echaba del trabajo para mí era mucho mejor. Pero no me concedió ni ese deseo.
Mi trabajo consta en simplemente editar fotos. Lamentablemente no estudié fotografía para esto. Pero es lo que me asignaron, me pagan bien y me tratan igual. Confío en que en el futuro podré hacer lo que me gusta.
A las 17 me fui. Pasé por la panadería y compre media docena de facturas y al lado, en el kiosco, compré un Baggio multifruta.
Llegué a la vía, tome la manta que había puesto en el bolso, la apoye en el piso, y me senté. Quince minutos después apareció el hombre.
Me saludó con un beso en el cachete, lo cual me pareció muy raro porque era la segunda vez que lo conocía y no sabía ni siquiera su nombre. Se sentó a mi lado y sacó la pipa. Esta vez traía marihuana, lo cual me gustó muchísimo.
-          ¿Cómo te llamas? – pregunté
-          Amir, ¿y vos? – dijo
-          Salomé. ¿A qué te dedicas?
-          Vivo la vida – dijo y rió – salgo a las diez de mi casa, y camino, vendiendo lo que yo mismo hago.
-          ¿Me mostras? – le pregunté y sacó de su bolso una pequeña caja
-          Mira, es muy raro. Son relojes de arena. La madera es roble tallado, y la arena es de Brasil.
-          Es muy lindo – dije, y lo miré a los ojos. Tenía unos espectaculares ojos grises que no paraban de brillar.

Sonreí y me di cuenta de que estaba sonrojada. Le convidé las facturas y el Baggio. Se rio y le pregunté que le pasaba y me dijo: “es que no conocía a nadie que le gustara el Baggio multifruta”.