6.52 de la mañana. Suena el despertador con
“Desde hace un sueño”, de NTVG. ¡Estoy cansada de la rutina, Dios mío! Me
levanto. Decido ponerme las calzas negras, la camisa de jean, el sweater negro
que tanto me gusta, y unas botitas de cuero negras. Nivel de combinación: 8 a
mi parecer. Seguro una especialista de moda me escupiría. Soy de vestirme
siempre con tonos apagados. Voy al baño, me plancho un poco el pelo después de
peinarme y me delineo los ojos. Agarro el bolso, también negro, tomo las cosas
de la facultad y bajo las escaleras silenciosamente.
Mamá solía prepararme el desayuno todas las
mañanas, y papá también, cuando él me llevaba al colegio. Como ahora dormían
todos, me tenía que despertar mucho más temprano para preparármelo yo misma. Te
con leche, tostadas con queso, y si había, mermelada. Me llevaba un poco de
plata en la billetera para comprarme algo allá. Tomo la tarjeta, una botellita
de agua, las llaves. Abro una ventana, la puerta, y camino.
Así todas las mañanas. Camino cuatro cuadras
hasta la parada y espero al 52, que suele tardar unos 25 minutos en llegar. A
mí me gusta andar en colectivo. Siempre y cuando no venga lleno y vaya un poco
rápido. Siempre el mismo recorrido, la gente sube, la gente baja. Yo sigo hasta
mi lugar preferido en el mundo. Toqué timbre después de unos 25 minutos, y bajé
en la terminal nueva. No sé por qué le sigo diciendo nueva cuando hace más de
cinco años que se construyó. Ya creo que es hora de solo decirle “terminal”.
Cruzo la calle y entro al colegio de artes
visuales, Martin A. Malharro. Ni un minuto menos, ni uno más. Siempre tan
puntual. Entro a la clase de Georgino, Semiología de la Imagen y me siento en
el fondo, como siempre. Me hace acordar a sexto, a mi mejor amigo, a los pibes
del fondo. Sonrío. Entra el profesor y empieza con la pregunta de todas las
clases: “¿Qué es la fotografía?”.
Después del break, de ver a Mica y a Tomi, de
pasar por otras aulas, saludarme con los chicos, y estudiar un poco, me toca
irme. Aunque sea el lugar más lindo del mundo, me gustaba estar fuera de ese
círculo. Mucho tiempo por un día. Si pasaba más horas no lo bancaba, si no iba
un día, lo extrañaba.
Esperaba el colectivo mientras me comía un
turrón. Eran un vicio. Me hacían acordar nuevamente a mi mejor amigo. Tenía que
verlo. Cuando veo que se acerca el 52, me paro, alzo una mano y espero a que se
acerque. No quiero parecer nerviosa o insistente, por eso cuando está más o
menos cerca, la bajo.
Paso la tarjeta y no tengo boletos. Mierda,
odio pedir boletos. Voy uno por uno “Señor, ¿tiene boleto?” “Señora, ¿tiene
boleto?”, y entonces veo a mi salvación: un tipo de unos 27 años, sacando su
tarjeta y entregándomela con su mejor sonrisa. Suspiré y le agradecí con una
sonrisa también. Pasé nuevamente la tarjeta y salió el boleto. Le pagué al
señor y no quiso aceptar el dinero. ¿Pensará que soy pobre? Ja.
Como el colectivo estaba casi lleno, me senté
en el único lugar que quedaba vacío: al frente de este señor, en un asiento
individual. Está bien, solo unas palabras y sonrisas habían bastado para que el
tipo me parezca irresistible y me provoque unas cosquillas cerca de la barriga.
Era morocho de ojos verdes. Facciones bien
marcadas y sonrisa blanca resplandeciente. Tenía cara de estar en paz con él
mismo, de ser feliz, estar tranquilo. Lo envidié.
El estaba leyendo un libro. Oí cuando lo
cerró fuerte, y sentí su respiración en mi pelo. Carajo, estaba oliendo mi
pelo, y yo anoche me había puesto tres litros de Shampoo con perfume de rosas.
Estaba nerviosa. Me removí un poco en el asiento y estaba ansiosa por llegar a
casa, no aguantaba otro minuto más. Cada cuadra parecía diez kilómetros. Y él
seguía oliéndome. Yo miraba a un lado disimuladamente, a ver si alguien lo veía
o hacía algo, pero la gente no hacía nada: había dormidos, otros con sus nenes,
otros leyendo, otros escuchando música y otros con celular. Me pueden estar
violando y nadie hace nada.
Me cansé y me di vuelta. Estaba mirándome pero
no estaba sorprendido. Me dio un papel y lo fulminé con la mirada, aunque no
conseguí intimidarlo. Volvió a sonreír y yo puse mala cara. No decíamos nada.
Me di vuelta nuevamente y miré al frente. En el papel decía su nombre completo,
ni un número, ni una calle, ni nada. No entendía. ¿Era su facebook? ¿Qué
pretendía?
El tipo bajó dos paradas después. Antes de
pararse del asiento, me olió por última vez y noté su sonrisa, era raro pero
sabía que estaba satisfecho. Me di vuelta y lo vi cuando esperaba que abran la
puerta. Me miraba, Dios mío, que lindos ojos tenía. Estaba pálida, me dejaba
sin habla. Bajó del colectivo y no supe nada más de él.
Seguí a casa, y cuando llegue, inmediatamente
lo busqué por facebook. No encontré resultados. Nada parecido. Le conté a Mica
lo que había pasado, le dije su nombre y no lo registraba tampoco.
Desistí ante este hombre y me puse a
estudiar. Era complicado: no paraba de pensar en él. Después de resumir, leer y
estudiar, agarré la guía y lo busqué.
Anoté la dirección. No parecía quedar lejos
de mi casa. Aproveché que papá y mamá no estaban y me fui un rato a caminar.
Sin quererlo, aunque inconscientemente, lo quería, aparecí en la calle de este
muchacho. A dos cuadras era su altura, así que caminé nuevamente.
Me encontré con una casa media abandonada,
cerrada, pero no muy fuera de estado. Era pequeña pero linda. Como no vi
movimiento alguno, y tampoco luces o autos cerca, me acerqué a investigar.
Desde las ventanas no se veía nada, estaban muy cerradas. Entonces ahí fue que
escuché a vecinos llegar y me fui a casa.
Dormí poco, pero lo suficiente como para
soñar con este extraño. Me llamaba mucho la atención. Volví a la rutina
nuevamente. Al momento de prestar atención en la facultad, no podía pensar más
que en él.
En el colectivo nuevamente, yendo a casa, no
estaba. Me desilusioné por completo. Había sido, como siempre, una tarde
aburrida. Las semanas pasaron y volvió todo a la normalidad, nada nuevo. Hasta
que un día, pasé nuevamente por su casa de casualidad.
Estaban las ventanas abiertas, entonces,
toqué timbre. No sé qué bicho me picó pero tenía que verlo. Tenía que saber quién
era. Tenía que decirle que me volvía loca desde el día en que lo había
conocido.
Una mujer me atendió.
- -¿Te puedo ayudar en algo? – dijo la rubia de aproximadamente unos 30
años mientras se secaba las manos.
- -Si, busco a Aquiles Acosta. – podría ser su mujer, amante, hermana,
pero no importaba.
- -Aquiles murió hace unas semanas, el 25 de julio. – dijo – Era el
propietario de esta casa, yo soy su prima. ¿Por qué?
Me quedé paralizada y de repente me dieron
unas patéticas ganas de llorar. Fue el día en que lo conocí.
- -¿Y… como murió? – pregunté, conteniendo las lagrimas y haciendo caso
omiso a su pregunta.
- -Bajó del colectivo, y al cruzar la calle lo chocó un auto.
Sus últimos minutos fueron pensando en mí.
- -Gracias – dije, y volví a casa.