30 ago 2014

25 de Julio.


6.52 de la mañana. Suena el despertador con “Desde hace un sueño”, de NTVG. ¡Estoy cansada de la rutina, Dios mío! Me levanto. Decido ponerme las calzas negras, la camisa de jean, el sweater negro que tanto me gusta, y unas botitas de cuero negras. Nivel de combinación: 8 a mi parecer. Seguro una especialista de moda me escupiría. Soy de vestirme siempre con tonos apagados. Voy al baño, me plancho un poco el pelo después de peinarme y me delineo los ojos. Agarro el bolso, también negro, tomo las cosas de la facultad y bajo las escaleras silenciosamente.
Mamá solía prepararme el desayuno todas las mañanas, y papá también, cuando él me llevaba al colegio. Como ahora dormían todos, me tenía que despertar mucho más temprano para preparármelo yo misma. Te con leche, tostadas con queso, y si había, mermelada. Me llevaba un poco de plata en la billetera para comprarme algo allá. Tomo la tarjeta, una botellita de agua, las llaves. Abro una ventana, la puerta, y camino.
Así todas las mañanas. Camino cuatro cuadras hasta la parada y espero al 52, que suele tardar unos 25 minutos en llegar. A mí me gusta andar en colectivo. Siempre y cuando no venga lleno y vaya un poco rápido. Siempre el mismo recorrido, la gente sube, la gente baja. Yo sigo hasta mi lugar preferido en el mundo. Toqué timbre después de unos 25 minutos, y bajé en la terminal nueva. No sé por qué le sigo diciendo nueva cuando hace más de cinco años que se construyó. Ya creo que es hora de solo decirle “terminal”.
Cruzo la calle y entro al colegio de artes visuales, Martin A. Malharro. Ni un minuto menos, ni uno más. Siempre tan puntual. Entro a la clase de Georgino, Semiología de la Imagen y me siento en el fondo, como siempre. Me hace acordar a sexto, a mi mejor amigo, a los pibes del fondo. Sonrío. Entra el profesor y empieza con la pregunta de todas las clases: “¿Qué es la fotografía?”.
Después del break, de ver a Mica y a Tomi, de pasar por otras aulas, saludarme con los chicos, y estudiar un poco, me toca irme. Aunque sea el lugar más lindo del mundo, me gustaba estar fuera de ese círculo. Mucho tiempo por un día. Si pasaba más horas no lo bancaba, si no iba un día, lo extrañaba.
Esperaba el colectivo mientras me comía un turrón. Eran un vicio. Me hacían acordar nuevamente a mi mejor amigo. Tenía que verlo. Cuando veo que se acerca el 52, me paro, alzo una mano y espero a que se acerque. No quiero parecer nerviosa o insistente, por eso cuando está más o menos cerca, la bajo.
Paso la tarjeta y no tengo boletos. Mierda, odio pedir boletos. Voy uno por uno “Señor, ¿tiene boleto?” “Señora, ¿tiene boleto?”, y entonces veo a mi salvación: un tipo de unos 27 años, sacando su tarjeta y entregándomela con su mejor sonrisa. Suspiré y le agradecí con una sonrisa también. Pasé nuevamente la tarjeta y salió el boleto. Le pagué al señor y no quiso aceptar el dinero. ¿Pensará que soy pobre? Ja.
Como el colectivo estaba casi lleno, me senté en el único lugar que quedaba vacío: al frente de este señor, en un asiento individual. Está bien, solo unas palabras y sonrisas habían bastado para que el tipo me parezca irresistible y me provoque unas cosquillas cerca de la barriga.
Era morocho de ojos verdes. Facciones bien marcadas y sonrisa blanca resplandeciente. Tenía cara de estar en paz con él mismo, de ser feliz, estar tranquilo. Lo envidié.
El estaba leyendo un libro. Oí cuando lo cerró fuerte, y sentí su respiración en mi pelo. Carajo, estaba oliendo mi pelo, y yo anoche me había puesto tres litros de Shampoo con perfume de rosas. Estaba nerviosa. Me removí un poco en el asiento y estaba ansiosa por llegar a casa, no aguantaba otro minuto más. Cada cuadra parecía diez kilómetros. Y él seguía oliéndome. Yo miraba a un lado disimuladamente, a ver si alguien lo veía o hacía algo, pero la gente no hacía nada: había dormidos, otros con sus nenes, otros leyendo, otros escuchando música y otros con celular. Me pueden estar violando y nadie hace nada.
Me cansé y me di vuelta. Estaba mirándome pero no estaba sorprendido. Me dio un papel y lo fulminé con la mirada, aunque no conseguí intimidarlo. Volvió a sonreír y yo puse mala cara. No decíamos nada. Me di vuelta nuevamente y miré al frente. En el papel decía su nombre completo, ni un número, ni una calle, ni nada. No entendía. ¿Era su facebook? ¿Qué pretendía?
El tipo bajó dos paradas después. Antes de pararse del asiento, me olió por última vez y noté su sonrisa, era raro pero sabía que estaba satisfecho. Me di vuelta y lo vi cuando esperaba que abran la puerta. Me miraba, Dios mío, que lindos ojos tenía. Estaba pálida, me dejaba sin habla. Bajó del colectivo y no supe nada más de él.
Seguí a casa, y cuando llegue, inmediatamente lo busqué por facebook. No encontré resultados. Nada parecido. Le conté a Mica lo que había pasado, le dije su nombre y no lo registraba tampoco.
Desistí ante este hombre y me puse a estudiar. Era complicado: no paraba de pensar en él. Después de resumir, leer y estudiar, agarré la guía y lo busqué.
Anoté la dirección. No parecía quedar lejos de mi casa. Aproveché que papá y mamá no estaban y me fui un rato a caminar. Sin quererlo, aunque inconscientemente, lo quería, aparecí en la calle de este muchacho. A dos cuadras era su altura, así que caminé nuevamente.
Me encontré con una casa media abandonada, cerrada, pero no muy fuera de estado. Era pequeña pero linda. Como no vi movimiento alguno, y tampoco luces o autos cerca, me acerqué a investigar. Desde las ventanas no se veía nada, estaban muy cerradas. Entonces ahí fue que escuché a vecinos llegar y me fui a casa.
Dormí poco, pero lo suficiente como para soñar con este extraño. Me llamaba mucho la atención. Volví a la rutina nuevamente. Al momento de prestar atención en la facultad, no podía pensar más que en él.
En el colectivo nuevamente, yendo a casa, no estaba. Me desilusioné por completo. Había sido, como siempre, una tarde aburrida. Las semanas pasaron y volvió todo a la normalidad, nada nuevo. Hasta que un día, pasé nuevamente por su casa de casualidad.
Estaban las ventanas abiertas, entonces, toqué timbre. No sé qué bicho me picó pero tenía que verlo. Tenía que saber quién era. Tenía que decirle que me volvía loca desde el día en que lo había conocido.
Una mujer me atendió.
-         -¿Te puedo ayudar en algo? – dijo la rubia de aproximadamente unos 30 años mientras se secaba las manos.
-        -Si, busco a Aquiles Acosta. – podría ser su mujer, amante, hermana, pero no importaba.
-       -Aquiles murió hace unas semanas, el 25 de julio. – dijo – Era el propietario de esta casa, yo soy su prima. ¿Por qué?
Me quedé paralizada y de repente me dieron unas patéticas ganas de llorar. Fue el día en que lo conocí.
-          -¿Y… como murió? – pregunté, conteniendo las lagrimas y haciendo caso omiso a su pregunta.
-          -Bajó del colectivo, y al cruzar la calle lo chocó un auto.
Sus últimos minutos fueron pensando en mí.

-          -Gracias – dije, y volví a casa.