Me
llevó hasta el departamento. Vivo al frente de la costa, en un edificio nuevo.
Tiene piso de porcelanato y ventanal grandísimo, como siempre soñé. No lo
invité a pasar porque me parecía muy rápido, quizá pensaba cualquier cosa.
Me
acompaño hasta la puerta, y me besó. Me dijo que era muy linda y que le gustaba
de verdad haberme conocido. Lo despedí. Entré a mi cuarto, me tiré en la cama, y
me dormí. Al otro día tenia franco.
A las 9
de la mañana tocaron la puerta. Creo que no hubo persona a la que no haya
insultado. Pregunté quién era, y no respondían. Abrí la puerta con cuidado y
había una caja en el piso. Tomé la caja, cerré la puerta y la puse en la mesa.
Era del tamaño de una caja de zapatos, color verde manzana (como a mí me gusta)
y de madera.
La abrí
y había un café negro, puro. Dos medialunas, una cajita chiquita de Baggio
multifruta, y una carta que decía “Buen día, te espero en el mismo lugar de
siempre al mediodía”.
Parecía
una nena de 15 años cuando el chico que le gusta le hablaba. Empecé a
corretear, a gritar, a saltar de alegría. Era tan lindo, nunca antes alguien
había sido así de tierno conmigo.
Desayuné,
me duché y me cambie. Como el día estaba lindo me puse un vestido y unos
zapatos no muy altos. Me perfume, maquillé discretamente, y fui al arroyo.
A las
12.03 lo vi sentado, leyendo. A penas me vio se levantó, y me besó. De un
momento a otro estábamos en el auto yendo hacia algún lugar desconocido.
Me
llevó a Santa Clara. Dentro de mi cabeza me odié por no haber traído maya, ya
que hacia muchísimo calor y el día ameritaba para meterme al mar. Pero cuando
estábamos entrando, dobló en una calle, lejos del mar. ¿A dónde me llevaba?
Paró en
una casa blanca, hermosa. Le pregunté:
-
¿Qué hacemos acá?
-
Es mi casa.
-
No me dijiste que tenías una casa en Santa Clara, ¡qué envidia!
-
Hay muchas cosas que no sabes de mí. ¿Bajamos?
-
Dale – dije esperando a que me abra la puerta del auto.
Cuando
entré me encontré con un living hermoso, bien iluminado, con piso de madera y
paredes color salmón. Los sillones hacían juego con el color del techo, y tenía
un hermoso hogar. Había un cuadro con una foto hermosísima. Quise fijarme quien
la había sacado pero no tenía el nombre del autor.
El
almuerzo estaba preparado y servido en la mesa de vidrio de la cocina. Era muy
moderno pero hogareño a la vez. Me encantaba. Había un gato hermoso que me
perseguía, y en el patio había una hermosa pileta de natación.
Comimos
una picada riquísima, y después de eso me llevo a una habitación.
-
Anda al baño de la habitación que hay un regalo. Ponetelo, te espero
en el patio – dijo
Estaba
todo tan fríamente calculado que no sabía si era un sueño o qué, pero lo empecé
a disfrutar. Estaba siendo muy caballero y perfecto conmigo, me gustaba
muchísimo.
Entré
al baño y había una maya, bikini, color roja y de la marca que yo siempre
usaba. Me la puse y me quedaba a la perfección. Dudé por un momento de cómo me
conocía tanto este hombre, pero lo dejé pasar. Tomé la bata gris que había, era
de mujer, y tenía una “S” bordada. ¿Era para mí? Muchas coincidencias.
Fui al
patio y Amir estaba metido en el agua. Cuando me vio, no pudo evitar abrir la
boca. Mi ego subió a lo máximo que podía. Me hice la linda y entré al agua.
Estaba en perfecta temperatura, ni muy fría, ni muy caliente.
Al lado
de la pileta había un jacuzzi. Me metí y él me llevó un vaso de champagne. Me
sentía millonaria. Pero esto no era mío. Se nos pierde la costumbre de
disfrutar los momentos que vivimos, así que pensé que tendría que ser un poco
egoísta y aprovechar al máximo el momento.
Lo invité
al jacuzzi conmigo. Se puso a mi lado y me abrazó. Nos besamos, fue todo
perfecto.
En el
momento podían pasar muchas cosas, pero pensé en hacerlo esperar más. No quería
que piense que era una minita cualquiera. Igualmente el no me apuró ni me
incitó a nada.
Salí
del jacuzzi:
-
¿Puedo ducharme?
-
Obvio, ya tenes tu habitación, hay ropa en el placard, supongo que te
queda bien, cualquier cosa que te pongas te queda hermoso
-
No seas tan así.
-
¿Tan cómo?
-
Así – dije y lo besé mientras iba para el cuarto.
Cerré la
puerta de la habitación, me cambie y entre a la ducha. Era verdad, estaba todo
preparado, era todo lo que yo deseaba. Todo perfecto.
Después
de diez minutos en la ducha, salí y me fije que había en el placard: Camisas,
jeans, shorts, polleras, musculosas, remeras, vestidos. Había un vestido rojo
tremendo. Me moría por ponérmelo. Las ganas fueron más fuertes y me lo probé.
Me quedaba ideal. En la etiqueta decía: “Ponetelo esta noche, vamos a cenar” y
estaba fechado con el día de hoy.
Había
zapatos también. Casi me agarra un paro cardiaco. Eran todos preciosos, pero
opté por unos negros con taco chino, no muy altos. Usé una cartera pequeña y
tomé las pocas pertenencias que tenia.
En el
baño había maquillajes, así que me preparé, me perfumé con el frasquito de
muestra del perfume que usaba, lo tenía en la cartera por suerte.
Salí, y
el estaba con un traje gris, corbata roja, camisa blanca, zapatos negros.
Hermoso, perfectamente peinado y perfumado. Me miró y me dijo:
-
Sos hermosa.
-
Gracias, vos también estas muy lindo.
-
¿Vamos a cenar?
-
Por supuesto. ¿A dónde vamos?
-
Vos seguime… - dijo y nos fuimos.
Caminamos
hasta la playa. Agradecí no haberme puesto los zapatos con taco aguja, ya
bastante me dolían los de taco chino.
Bajamos
y en una terraza había una mesa para dos, con mantel blanco y velas encendidas.
Me senté y él se sentó después de mí.
-
¿Por qué tanta perfección?
-
Te lo merecerás, una princesa merece todo y más – dijo.
-
Basta que me haces sonrojar – dije tapándome los cachetes
-
Me encanta cuando te sonrojas y te reis.
-
Enserio, ¿por qué tanto?
-
Porque estás hecha para mí.
Decidí
que era mejor empezar a comer y no seguir la charla. Me estaba enganchando muy
rápido. Era una locura, inexplicable.
Luego
de la hermosa cena volvimos a su casa. Me dijo que mañana temprano me llevaba a
la oficina si quería, pero le dije que podía faltar.
Dormimos
juntos. No sé cómo nos controlamos, pero dormimos cucharita, en su habitación.
Era enorme y hermosa, muy linda de verdad. El olor que había, lo sentía muy
familiar y cercano.
Verlo
dormir me daba mucha paz. No tenía nada de imperfecciones, era totalmente
hermoso, y estaba conmigo. Era mío, al menos en ese momento.
Decidí
dormirme, no sabía qué era lo que había planeado para mañana.