No
pensé que volvería. Esa tarde llevé marihuana, siempre nos gustó fumar juntos y
hablar.
Preguntó
mi nombre, y tardé en responder. Claro, ella no se acordaba de mí. Trate de
seguir el hilo de la conversación y le mostré que vendía los relojes de arena
que ella hacía en sus ratos libres. Omití mas detalles sobre mis otros
trabajos.
En un
momento me sonrió y se sonrojo. Amaba cuando hacia eso. Era tan preciosa. Llevo
el Baggio multifruta que desde la primera cita en la plaza nunca faltó, y las
facturas… Siempre dos medialunas, dos tortas negras y dos rellenas de crema
pastelera. Son cosas que nunca va a cambiar.
Traté
de impresionarla con lo poco que sabía sobre fotografía, lo que ella misma me
enseño. Se sintió bien porque supe manejar la cámara.
No
quiso hablar sobre ella. Pero yo quise invitarla a salir, y aceptó. Me puso
realmente contento saber que seguía siendo la de antes, nada más que solo
faltaban unos pocos recuerdos.
Al otro
día la pase a buscar en el audi por el arroyo. La llevé a su lugar favorito:
Antares. Pedí su comida preferida y la lleve hasta su departamento. El error
que cometí fue llevarla directamente antes de que me diga su dirección. Por
suerte ella no notó ese detalle.
La
acompañe hasta la puerta, y la besé. Las ganas fueron más fuertes. Quería estar
con ella, pasar y dormir abrazados. Pero ella no quería. No quería parecer una
mina rápida. Lo cual me gustó: nunca cambió, siempre fue igual.
Volví
al auto y pensé en hacerle un desayuno. Sabía que al otro día tenia franco,
entonces se lo llevé a las nueve a la puerta del departamento. Lo dejé, toqué
la puerta y me fui. Dentro había un café puro, un Baggio, medialunas y una
carta donde la invitaba a pasar el día conmigo.
Se puso
el vestido que más me gustaba. Le abrí la puerta del auto y fuimos a Santa
Clara. La noté pensativa, pero trataba de tirar algún buen tema de conversación
mientras llegábamos a nuestra casa.
Cuando
bajó, noté que miró la foto del cuadro y agradecí a todos los santos haberle
sacado el nombre del autor: ella. Contemplo todo lo que ella misma había
diseñado. Sabía que le encantaba la casa. Estaba a gusto de estar ahí.
Almorzamos
y en su habitación deje preparado su bikini favorito y su bata. Luego me di
cuenta de que estaba bordada con una “S”, pero lo dejé pasar.
Cuando
la vi en el patio, me acordé de su hermosura. Fuera y dentro, era perfecta. La
tenia junto a mí, era mía, nunca había dejado de serlo.
Mientras
ella se duchaba después de nuestra tarde a puro jacuzzi, champagne y besos,
decidí dejarle el vestido rojo que usó
para la última cena que tuvimos. Sabía que iba a gustarle, que se lo iba a
probar. Entonces puse una nota en su etiqueta.
Salió y
me dejó boquiabierto. La llevé a la playa. Cenamos, hablamos, disfrutamos de la
noche hermosa que hacía. No corría una gota de viento.
Cuando
volvimos a casa, decidió pasar la noche. Decidió faltar al trabajo para estar
conmigo. Era todo perfecto, nunca me había sentido tan pleno en tanto tiempo.
Dormimos y me despertó con el desayuno. No pude evitar tirarla contra mí, no
pude no besarla. Quería estar con ella en todos los aspectos. Pero no podía
apurarla.
Desayunamos.
Me sacó fotos, vimos películas, nos reímos a más no poder. Me hacía muy bien.
De un
momento a otro me dijo que me conocía de antes y no pude evitar sentir culpa.
Le conté toda la verdad. Se levantó y se fue al patio. Fui y estaba llorando
bajo la lluvia. La abracé y lloramos juntos.