25 ene 2014

VIII

No pensé que volvería. Esa tarde llevé marihuana, siempre nos gustó fumar juntos y hablar.
Preguntó mi nombre, y tardé en responder. Claro, ella no se acordaba de mí. Trate de seguir el hilo de la conversación y le mostré que vendía los relojes de arena que ella hacía en sus ratos libres. Omití mas detalles sobre mis otros trabajos.
En un momento me sonrió y se sonrojo. Amaba cuando hacia eso. Era tan preciosa. Llevo el Baggio multifruta que desde la primera cita en la plaza nunca faltó, y las facturas… Siempre dos medialunas, dos tortas negras y dos rellenas de crema pastelera. Son cosas que nunca va a cambiar.
Traté de impresionarla con lo poco que sabía sobre fotografía, lo que ella misma me enseño. Se sintió bien porque supe manejar la cámara.
No quiso hablar sobre ella. Pero yo quise invitarla a salir, y aceptó. Me puso realmente contento saber que seguía siendo la de antes, nada más que solo faltaban unos pocos recuerdos.
Al otro día la pase a buscar en el audi por el arroyo. La llevé a su lugar favorito: Antares. Pedí su comida preferida y la lleve hasta su departamento. El error que cometí fue llevarla directamente antes de que me diga su dirección. Por suerte ella no notó ese detalle.
La acompañe hasta la puerta, y la besé. Las ganas fueron más fuertes. Quería estar con ella, pasar y dormir abrazados. Pero ella no quería. No quería parecer una mina rápida. Lo cual me gustó: nunca cambió, siempre fue igual.
Volví al auto y pensé en hacerle un desayuno. Sabía que al otro día tenia franco, entonces se lo llevé a las nueve a la puerta del departamento. Lo dejé, toqué la puerta y me fui. Dentro había un café puro, un Baggio, medialunas y una carta donde la invitaba a pasar el día conmigo.
Se puso el vestido que más me gustaba. Le abrí la puerta del auto y fuimos a Santa Clara. La noté pensativa, pero trataba de tirar algún buen tema de conversación mientras llegábamos a nuestra casa.
Cuando bajó, noté que miró la foto del cuadro y agradecí a todos los santos haberle sacado el nombre del autor: ella. Contemplo todo lo que ella misma había diseñado. Sabía que le encantaba la casa. Estaba a gusto de estar ahí.
Almorzamos y en su habitación deje preparado su bikini favorito y su bata. Luego me di cuenta de que estaba bordada con una “S”, pero lo dejé pasar.
Cuando la vi en el patio, me acordé de su hermosura. Fuera y dentro, era perfecta. La tenia junto a mí, era mía, nunca había dejado de serlo.
Mientras ella se duchaba después de nuestra tarde a puro jacuzzi, champagne y besos, decidí dejarle  el vestido rojo que usó para la última cena que tuvimos. Sabía que iba a gustarle, que se lo iba a probar. Entonces puse una nota en su etiqueta.
Salió y me dejó boquiabierto. La llevé a la playa. Cenamos, hablamos, disfrutamos de la noche hermosa que hacía. No corría una gota de viento.
Cuando volvimos a casa, decidió pasar la noche. Decidió faltar al trabajo para estar conmigo. Era todo perfecto, nunca me había sentido tan pleno en tanto tiempo. Dormimos y me despertó con el desayuno. No pude evitar tirarla contra mí, no pude no besarla. Quería estar con ella en todos los aspectos. Pero no podía apurarla.
Desayunamos. Me sacó fotos, vimos películas, nos reímos a más no poder. Me hacía muy bien.

De un momento a otro me dijo que me conocía de antes y no pude evitar sentir culpa. Le conté toda la verdad. Se levantó y se fue al patio. Fui y estaba llorando bajo la lluvia. La abracé y lloramos juntos.