25 ene 2014

X

Salomé.
Me contó todo. Yo lo había visto en la clínica. Yo vivía con él en Santa Clara, en Mar del Plata. Ya habíamos estado juntos. Éramos pareja, mejores amigos, amantes. Éramos todo. Lo amaba y odiaba al mismo tiempo. Tenía rencor dentro, pero sé que él no tenía la culpa de todo lo que pasó. El también odiaba a la vida tanto como yo. Haber perdido tantos recuerdos hermosos.
-          Te prometo que vamos a revivir todo, que los recuerdos los vas a volver a vivir mejor que antes.
-          Quiero acordarme, no quiero tener esto adentro. ¿Por qué justo a mí?
-          Sé cómo te sentís. ¿Por qué a vos y no a mi?
-          No, perdón. No quise decir eso.
-          Todos los días me pregunto lo mismo. Y me maldigo por haberte llevado tan lejos. Perdón. Perdoname – dijo y lo besé, llorando lo besé, callándolo. Me quería de verdad, estaba dando lo mejor de él.
Entramos, nos secamos y nos volvimos a acostar. Dormimos muchísimo. Nos salteamos la cena y yo decidí volver a la oficina esa mañana.
-          No vuelvas – dijo
-          Tengo que volver.
-          No queres hacerlo. Sabes que puedo mantenernos a los dos.
-          No puedo estar sin hacer nada.
-          Volve a la fotografía. Hace books, trabaja en eventos. Pero no quiero que vuelvas a esa oficina. Te hace mal. – contestó, y me llevó al garaje donde había una caja envuelta en papel color verde.
-          ¿Qué es esto?
-          Abrilo.

Lo abrí y empecé a gritar de emoción. Lo abracé, lo besé, le grité. ¡Adentro estaba la Nikon D800! Salía muy cara, era perfecta, hermosa. La primera foto que saqué fue una junto a Amir. Simplemente, merecía todo y más.