Eran
las 19. Estaba anocheciendo. Él se estaba duchando en el baño de mi habitación
y yo decidí que era el momento perfecto para preparar todo.
Prendí
las velas que había sobre los muebles de su habitación. Eran aromáticas, con
olor a vainilla. Puse música tranquila de fondo. Cerré las ventanas y me puse
el pijama más sexy que tenia. Era de encaje negro con puntillas en los bordes.
Me
senté en la cama y decidí esperarlo. Cinco minutos después apareció en la
puerta vestido con solo el pantalón de su pijama gris, el de algodón que tanto
me gusta. Su torso estaba desnudo, marcado y bronceado de una hermosa manera.
Tenía un perfume hermoso y su pelo estaba perfectamente despeinado.
Me
levanté y lo besé. Le dije cosas hermosas al oído y noté como su respiración se
agitaba. Besé su cuello y su espalda desnuda. El me tocaba de una manera que no
se puede explicar, nunca nadie me hizo sentir lo que el produjo en mi. No sé
por qué sentí miedo, pero el tomo mi cara con sus manos y me dijo “Tranquila mi
amor”, y me sonrió. No hizo falta nada más.
Nos
acostamos en la cama y todo lo que pasó después fue épico, indescriptible.
En mis
entrañas se ganó un buen lugar. Conocí cada rincón de aquella alma que se
distingue por su eterna inmensidad. El amor fue tan bien hecho, que infinitas
son las gracias que nos concederá. Desnudé por fin al ángel que erotiza con
caricias de la más bella suavidad.
Lo
sentí en el pecho. Lo hicimos tan bien, fue unirnos para ser uno y sentir
placer absoluto. Fue hermoso y nadie jamás podrá sentir lo que nosotros sentimos.
Me entregué en cuerpo y alma y no me voy a arrepentir, porque de verdad lo
quiero.