Pensé
mucho en Nicolás, y decidí ir a verlo. Decidí “conocerlo”, ver si podía acordarme
de él.
Me dijo
que vaya a su casa a tomar mates y no me pareció mala idea. Además, Amir estaba
de viaje por negocios, quizás conseguía otro buen trabajo.
A penas
llegué me di cuenta de que tenía tres retratos míos. Uno de los dos juntos y
una foto que le había sacado yo. Su casa era chiquita pero linda. Colores cálidos,
un sillón y una televisión, dos habitaciones y un gran baño. La cocina era
hermosa. Estaba todo limpio y ordenado.
Me
contó toda nuestra historia: todo empezó en Bariloche. Estuvimos juntos una
noche y al volver a Mar del Plata nos volvimos a ver muchas veces más. Hubo un
año donde no nos hablamos, por los estudios, y porque él estaba en pareja. Pero
esa relación terminó y volvió a llamarme. Yo estaba en otra, él no me afectaba.
Me hice rogar, me buscó, se enganchó y estuvimos juntos pero nunca con el título
oficial. Era vernos, tener relaciones. A veces salir, o quedarnos dormidos y no
hacer nada. Realmente yo no estaba enganchada, pero después empecé a
confundirme, creía que lo quería, tenía un cariño inmenso, y hasta me enamoré
de él. Pero luego ocurrió lo del accidente. Nos íbamos a juntar, íbamos a estar
realmente de novios antes del accidente.
Terminó
llorando. Me tomó la mano y me besó. No lo paré. Sentí cosquillas en el pecho,
en la panza. Me gustaba, pero le volví a ser infiel a Amir. Decidí irme antes
de que pasen más cosas, me tenía miedo, no confiaba en mi misma. Pero prometí
que nos volveríamos a ver, porque así lo sentí, quería volver a verlo.
Cuando
estaba de nuevo en casa me duché durante media hora. Salí con los dedos
arrugados. Lloré debajo del agua, estaba frustrada, necesitaba alejarme,
acordarme, ser quien era antes. Me enfurecía y me dolía estar haciendo las
cosas mal de nuevo. Pero no pude controlarme.