No te
busqué, después de tanto, esperaba por tu señal. Y como siempre, pidiendo de
más. Más de lo que podía darte en todos los sentidos (y aún así cumplí). Con
tus labios sobre mi mejilla, agradeciéndome, la revolución dentro de mi
estómago se hizo cada vez más fuerte. Me quedo muda ante tus dudas, ante tu
figura delante de mí. Me siento una hormiga cuando te veo al frente, tan
insignificante y presa fácil. Tan poco cuando sé que soy mucho más. Después de
vueltas, con mi mirada sobre las siluetas en la noche, no te encontraba. Y mi
corazón aceleraba, ante el miedo, las dudas, el recelo. Cuando esa vibración se
sintió, por fin suspiré y pude leer que buscabas de mi otra vez. Y yo allí de
nuevo, ante tu petición, ayudándote. Y te vi, salí del agujero negro lleno de
almas vacías, para verte y que se vacíe también la mía ante la figura de otra
persona al lado tuyo. Y volví a entrar, perteneciendo ya a esa muchedumbre. Me
calmé, respiré, mi humor cambió, me quise alejar. Me fui nuevamente ante la búsqueda
de alguien que me pudiera ayudar. Y de nuevo esa vibración, de nuevo vos buscándome.
Y te odié con lo más profundo de mi alma. Algo dentro de mí se apagó aquella
noche. Y otra vez te tenía en frente, sintiéndome el ser más insignificante del
universo. Explicando cosas que no quería saber, que no tenía por qué saber, no
escuchaba, estaba dentro de mi cabeza. Y ahí cambio toda la historia: vos, por
primera vez, eras insignificante (o así te vi). Y, negándonos ante la petición de
nuestros besos ante la multitud, nos despedimos de una manera fría. Nuevamente
tus labios sobre mi mejilla, y yo caminando sin mirar atrás, y sin ningún gesto
en mi rostro. A punto de romperme en mil pedazos.