Desayunamos al mismo tiempo. No podíamos parar de mirarnos. Notaba en su expresion, una libertad, una paz interior que yo envidiaba. Él había declarado que sentía cosas, no creería que sea amor ni mucho menos, pero deseo, ganas... era lo que nos pasaba a los dos.
Cada masticación era un infierno, era sentir su mirada sobre mi cuerpo. Me atacaba voluntariamente, como si la respuesta a la paz mundial fuera yo.
Dejé los platos en el lavavajillas, ya que no tenía ni tiempo ni me apetecía lavar los platos teniendo encima la mirada de este hombre.
Me puse unas calzas negras, una camisa blanca, un pulover negro, y mis zapatos blancos más comodos. Tome la cartera, y las cosas necesarias para el día.
Caminando por los pasillos de Florencia, llegué al trabajo. Mi primer proyecto sería una fiesta infantil. Me estaban probando, pero los deslumbraría. Fui con Mariano, un compañero. Hablabamos poco, pero era simpático y tímido.
Me dio unos consejos, que no entendí muy bien, por lo tanto, trabajé por mi cuenta con lo que yo sabía.
Ya había estado averiguando sobre las clases de Italiano, esta semana empezaría, se me hacía dificil comunicarme.
Después de trabajar toda la tarde, Mariano me invitó un café. Charlamos un poco, me enseñó con señas algunas cosas que no sabía sobre el idioma y el lugar. Me sorprendía lo rápido que aprendía, pero era dificil aún, requería de práctica.
Salir de la casa me distraía, pero por momentos, me acordaba de Aquiles y se me llenaba de preguntas la cabeza, y de cosquillas la panza. No sabía si iba a aguantar más todo esto.