8 ago 2014

43

Luego de que Mariano me haya llevado a recorrer partes de Florencia que no conocía, me invitó a cenar pastas. Me pasó su numero. No me parecía desubicado ni nada, es más, me parecía muy simpático y lindo. Era morocho de ojos marrones, lo común. Llevaba la barba de un día, como si no tuviera ganas de afeitarse, la cual le quedaba muy linda. Tenia una sonrisa pícara pero a la vez, tímida. Era muy gracioso también.
A las 3 de la mañana llegué a casa. Aquiles estaba despierto, y por su expresión se notaba que estaba enojado. Vio por la ventana como Mariano se iba en su auto. La sangre le hervía, y una vena en su cuello se marcaba. Estaba enojado, como si le hubieran tratado de robar algo que es de él. Como si no tuviera la posibilidad de proteger algo que, según el, le pertenece.
Sus facciones decían todo. Tenía el brillo en su piel sudada, como acalorado. Respiraba entrecortado y sus ojos mostraban preocupación.
Al entrar, corrió hacia mi y me abrazó
- Que pasa que estas así? - dije, confusa
- Te fuiste desde la mañana y volviste con ese tipo, como queres que esté mas que furioso?! - dijo, casi gritando
- Ya te dije ayer que soy lo bastante gran...
De repente, mis labios se sintieron invadidos en algo suave y extraño, en algo que encajaba perfectamente a mi. Nunca había besado a alguien así, nunca nadie me besó tan apasionadamente.
Su boca era puro fuego. Sus manos se posaron en mi cadera, mientras yo me entregaba. No podía decir que no a semejante perfección. Mis brazos se enroscaron en su cuello. Mi boca conocía cada parte de la suya y nuestras lenguas se chocaban, se presentaban de una buena vez por todas.
Cuanto más me tocaba, más lo deseaba. Sus dedos recorrían mi espalda y mi trasero. Me apoyó contra él, su erección se hacía notar contra mi pelvis. El calor entre los dos aumentaba. No existía nada que pudiera opacar este momento, eramos nosotros en el pequeño living de la casa del señor más sexy de Italia.
Le desabroché los botones de su camisa, como empezando lo que no querría que acabe nunca. Él tomó mi pulover y me lo quitó despacio, como si todo el mundo del tiempo nos perteneciera. Mi camisa desapareció al instante y se deleitó mirando mis pechos. 
No había nada bajo su camisa que yo no haya visto antes, sus pectorales marcados perfectamente, su panza chata y su piel suave y bronceada que emanaba sexo. Su aroma a dios me fascinaba.
Nuestras respiraciones entrecortadas nos excitaban aún más. Lo unico que nos separaba era la poca ropa que quedaba. 
Me tomó del trasero, invitándome a saltar hacia su pelvis y asi estar más unidos. A caballito, me llevó a su habitación, llevandose todo por delante, sin dejar de besarme.
Suavemente me posó sobre su cama y me quitó los zapatos y la calza que tanto le molestaba. Para no perder tiempo, dejé de lado el corpiño y empecé a bajar su joggin con la poca fuerza que tenían mis piernas. 
Estabamos los dos con la misma cantidad de ropa cada uno. Quedaba el ultimo obstáculo, pero nuestras bocas se reclamaban. Bajó su mirada a mis largas piernas y largó un suspiro. Bajé lo que quedaba de mi ropa interior y él imitó la misma acción. 
Sabía en dónde tocar, como si conociese a la perfección cada rincón de mi cuerpo. Su mano bajó hacia mi sexo e introdujo, primero un dedo, que dejó lugar a un gemido mío. Luego dos, donde el gemido se intensificó. Quería tenerlo dentro mío.
Busqué la manera de llegar hacia su miembro y lo tomé por sorpresa. Empecé a masajearlo de arriba abajo, y su respiración se hacía cada vez más fuerte y entrecortada, lo cual me llevaba a un lugar parecido al infierno.
La poca luz de la habitación la proporcionaba la luna desde la ventana abierta. Se fundieron nuestros fuegos en su alcoba. 
Tomó de su cajón un preservativo, apartó mi mano con suavidad, lo colocó, me besó fuerte, y esparció la humedad sobre toda mi vagina. Entró en mí. Encajabamos a la perfección. Los besos se hicieron más fuertes, y de a poco se adentraba más en mi, primero lento, luego más fuerte. Primero, poco, después, hasta el fondo. 
Nuestros gemidos eran música. No quería que ese momento terminara nunca. El ritmo no cesaba. 
No podíamos aguantar más, lo notaba por su expresión. 
Llegó el orgasmo, primero para él, luego de una embestida más, me llegó a mi. Sudabamos, estabamos exhaustos. Quedó dentro mío lo que para mi fue una eternidad, y el cansancio surtió efecto. Dormimos así, unidos, no había espacio que no esté ocupado entre nuestros cuerpos.