11 ago 2014

47

Cuando los ases de sol iluminaron mi cara, me desperté. Estaba amaneciendo y él seguía abrazado a mi vientre. Habíamos dormido una eternidad y él había faltado al trabajo.
Su rostro reflejaba una pequeña pizca de felicidad y tranquilidad que, se notaba, no había tenido hace mucho. Su aroma a frescura me llenaba los pulmones y me deleitaba. Su cabello rubio oscuro, casi castaño, estaba revuelto en la almohada y se enredaba junto a mi cabellera morocha. Su bella barba estaba creciendo de a poco, lo cual no me molestaba. Si se quedaba así para siempre, no me importaría en absoluto.
Después de tantas idas y vueltas, de tantos altibajos, encontré mi lugar.
Antes, vivía llena de mentiras a mi alrededor. Quien me amaba, se había ido para siempre. Y quien no me valoraba, se había ido también, pero esta vez no por decisión propia, sino mía. No podía permitirme no quererme tan poco. No iba a estar con alguien que no me apreciaba. Por eso busqué la salida en otro lugar, fuera de mis seres queridos.
No iba a negar que extrañaba a montones a mi familia y amigos. Pero que este viaje me había hecho bien, era cierto. Había conocido a un hombre que me daba curiosidad, y a la vez, tenía miedo de que si me abría a él, todo se desmorone. Aunque yo conocía parte de su pasado, no iba a irme. Eso no lo define como persona. En cambio, si el conocía parte del mío, tenía miedo de que se espante y me deje, como todo a mi alrededor, y vuelva a estar desmoronada, como me había acostumbrado hace rato.
Estos momentos de placer y felicidad que estaba teniendo con Aquiles, antes se daban muy pocas veces.
Mis pensamientos se hicieron pesados y caí nuevamente en un profundo sueño, pero luego de lo que calculé que fue una hora, desperté y seguíamos en la misma posición, nada más que esta vez, estábamos más unidos aún.
Lo abracé un rato más y cuando quise levantarme no me dejó. Me empezó a hacer cosquillas y me desesperé. Me fui corriendo y me siguió. Empezó una batalla campal alrededor de la cama. Tomé una almohada y se la arrojé. Dio en el blanco: su cabeza. Me miró, incrédulo, boquiabierto. Cruzó por arriba de la cama y me acorraló. Me tomó cual bolsa de papas y me tiró nuevamente. Se tiró arriba de mi cuerpo y me aplastó. Me lamió los cachetes mientras yo reía a carcajadas por las cosquillas que me hacía en la panza. Estaba indefensa. Lanzaba gritos de dolor y de agonía, aunque no sentía nada de eso.
Con toda la fuerza que logré sacar dentro de mi, lo levanté y me fui directo al baño. Tomé el vaso donde estaban los cepillos de dientes, lo llené de agua helada y lo esperé detrás de la puerta. Apareció y no me encontraba. Cuando estaba en el punto exacto donde lo quería tener, lo empapé y lanzó un grito ahogado. Salí corriendo.
Me persiguió y me terminó abrazando para mojarme con las gotas que caían de su maravilloso cuerpo. Estábamos cansadisimos y recién nos levantábamos.
Desayunamos y no parábamos de reír y de provocarnos mutuamente.
Tomé chocolate derretido y una frutilla. Bañé a la frutilla dentro del pote y dejé que las gotas cayeran dentro de mi escote pronunciado. Sus ojos mostraban una mezcla de excitación e impaciencia que hacía que mi sangre corriera rápido.
Chupé el chocolate de la fruta lentamente y luego comí la frutilla. Se mordía los labios y su rodilla iba de arriba a bajo.
En su pantalón se formaba un gran bulto y eso hacía que me estremezca.
Tomé un poco de dulce de leche con el dedo y lo chupé. Él se levantó de la silla y se acercó lentamente hacia mi. Me levanté cuando lo tuve cerca. Tomó mis caderas y me posó en la mesada. Me sacó la remera del pijama, y abajo no llevaba corpiño. Tomó el pote de dulce de leche y posó un poco de este en mis pezones, y luego en mi panza.
El chocolate que sobraba, lo tiró sobre mi pecho.
Empezó a lamer y mi cuerpo se estremecía cada vez que tocaba una zona sensible. Estaba inundada de placer. Era fantástico como sabía usar la boca, como entendía cada movimiento de mi cuerpo y como respondía ante mis sugerentes vibraciones.
Lamió mi torso hasta que quedó completamente limpio. Me besó y su gusto dulce se trasladó a mis labios.
Se deshizo de mi short y tanga al mismo tiempo, quedando así completamente desnuda ante el señor más bonito de Italia, y no sé si todo el planeta.
Quité su pantalón del pijama y su bóxer. Quedamos a la par. Su excitación me impacientaba. Sus dedos recorrieron cada parte de mi cuerpo, de arriba a bajo, de adentro a fuera. Me llenaba de satisfacción. Temblaba ante su tacto.
Su respiración jadeante me asfixiaba de a poco.
Entró a mi cuerpo. Cerró los ojos ante semejante placer.
- Aquiles... abrí los ojos - dije, casi gritando mientras seguía repitiendo sus movimientos
Abrió sus faroles grises y estaban llenos de fuego. Ardía. Quería más de él.
Lo apreté hacia mi con mis piernas, y con mis manos le dí otro ritmo a la situación. Fue mucho más rápido y fuerte. Nos gustaba más a los dos.
Besé su cuello, donde a penas unas gotas de sudor caían. Él tocaba mi cuerpo deliciosamente.
Estábamos perfectamente unidos.
Llegué al orgasmo. Me apreté a él, lo abracé, le mordí el hombro y él rugió ante su liberación. Una y otra vez, chocó contra mí, demostrando que nuevamente habíamos perdido la noción de la realidad.