15 ago 2014

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A veces necesitaba estar sola. Admito que me gustaba mucho pasar casi todo el día acostada con Aquiles, hablando de todo un poco. Pero necesitaba tomar aire.
Fui a trabajar. Tomé lo necesario y empecé a caminar. El día estaba realmente hermoso y el sol iluminaba las calles de Florencia. Saqué la camara e hice unas cuantas fotos de la ciudad. Ya era lunes. Tenía que hacer un book de amigas y elegí un lugar poco común para donde hacerlo: un supermercado.
Eran tres amigas: una rubia, una morocha y otra colorada. Hablaban sólo italiano, y yo mas o menos ya me manejaba en ese idioma.
Las hice tirarse en el piso con bolsas de golosinas al costado, galletitas, gaseosas, y otros productos que suelen llamar la atención en adolescentes. Se reían, era algo que no podian evitar. Las fotos eran espectaculares.
Mi jefa, Jose, me felicitó por los trabajos que estaba haciendo. La verdad que estaba muy contenta por hacer lo que me gustaba en un lugar tan lindo. No esperaba estar mucho tiempo más, pero esto me servía.
La invité a ella y a Mariano a cenar. Les preparé unas pastas y ellos se preocuparon por el postre y el vino.
Nos quedamos hasta tarde charlando. Llegó Aquiles y noté tristeza y cansancio en sus ojos.
Después de 15 minutos, los chicos se despidieron. Me alegraba tener unos pocos amigos en este lugar, era bastante nueva y ya habían pasado casi dos semanas de estar acá. De a poco, me acostumbraba.
Limpié, acomodé, y a las 3 me puse el pijama y fui a ver si Aquiles estaba dormido.
Entré a su habitación y estaba leyendo. Me quedé parada en la puerta, con pose seductora, provocativa. Me miró de arriba a bajo y sonrió, pero su sonrisa era falsa, era forzada. Puse mala cara y me senté a su lado. Lo miraba mientras él seguía leyendo. De pronto, cerró el libro, lo dejó en la mesita y me miró. Abrió las sabanas invitandome a meterme a su lado, así que lo hice con gusto. Lo abracé muy fuerte. Estabamos frente a frente y mis ojos no se apartaban de los suyos. Su respiración hacía cosquillas sobre mi boca, pero seguía notando la tristeza en sus ojos.
- ¿Qué pasa? - dije con tono de preocupación - ¿qué anda mal?
- Fue solo una mala noche - dijo, cabizbajo - cada día es más dificil seguir en ese restaurante.
Siento que tiene algo más que decirme, pero intento no forzarlo. Él lo dirá cuando esté listo.
Nuestras miradas no se separaban. Sabía que estaba de su lado. Sabía que lo apoyaba aunque no podia ayudarlo. Eso me frustraba, era desesperante verlo mal y no poder hacer nada. Era demasiado sensible.
Tomé su mano y acaricié sus dedos. Implanté un beso suave y tierno en su boca
- Va a ir todo bien, te prometo que vas a salir adelante y yo te voy a ayudar en todo lo que necesites - dije sonriendole.
No aparta la mirada de mis ojos. Alarga una mano y me acaricia el cuello con la punta de los dedos. Toca mi collar, que sostiene una pequeña cámara dorada con piedritas. Sonríe, esta vez mas tranquilo. Respiro hondo involuntariamente, inclino la cabeza un poco más para que acaricie mi cuello sin tapujos. Respira de forma entrecortada. Mi piel empieza a arder de a poco y noto como entiende mi sensación y me acompaña.
Sus dedos dejan un rastro de vello erizado en la nuca. Mi piel de gallina hace que le demuestre el poder que está teniendo sobre mi cuerpo.
Cambia de postura, de modo que está encima mío, con sus rodillas en el colchón y su torso desnudo rozando mi panza.
Lleva una mano hacia mi musculosa, y lentamente empieza a quitarla. Cuando mis pechos están desnudos ante el, su respiración se hace más pesada y fuerte. Es lo único que se escucha. La remera cae a un lado de la cama, y él empieza a acariciar mis senos, haciendo que los pezones se endurezcan. Me llena de placer con sólo mirarme.
Noto como su erección crece contra mi vientre y el deseo se vuelve incontrolable. Lo necesito dentro mío.
Es un espectáculo lento y tierno. Es hacer el amor.
Quité sus pantalones con brusquedad. Cambié el clima de la situación, pero ¿qué mas da? lo disfrutaríamos igual. Ya ninguno aguantaba las ganas.
Nos reímos por un momento. Eramos el agua y el aceite. El tranquilo, yo acelerada, pensaba que era al revez, pero no fue así.
- Podes ir más lento... me gustaría disfrutarte más, - decia tranquilo, mientras me miraba y me plantaba pequeños besos en la panza y subía a mi cuello. - Quiero acordarme de cada cosa que te haga, cada mirada, cada respiración. Disfrutalo, para mi no es solo sexo.
Mi corazón paró, y luego siguió de nuevo, latiendo aceleradamente. Para él no es solo sexo. Es algo más.
Le mostré una de mis mejores sonrisas y lo acerqué para que me bese. Le quité la ropa que le sobraba, y él a mi. Esta vez, más lento. Cada imagen iba a parar a mi cabeza. Era hermoso. Lo único que nos iluminaba era la pequeña lampara de su mesa de luz. Su cuerpo estaba lleno de tensión. Con las palmas de mis manos, toqué su pecho.
- De espaldas - le ordené, se notaba que no estaba acostumbrados a recibir ordenes
- Pero que...? - dijo, y lo callé
- De espaldas, ahora - dije, me miró furioso y se dio vuelta, con miedo también.
No estaba bueno que me deje al aire su precioso trasero, ya que me tentaba a muchas cosas, pero decidí hacerle masajes. Me puse sobre él, y luego recordé que en su mesa de luz tenía un aceite para el cuerpo.
Abrí el cajón, tomé el aceite y unos preservativos. A estos los dejé sobre la mesa, y esparcí un poco de aceite en mis manos. Empecé a masajearlo y soltó gemidos de placer y relajación. Estaba en el extasis. Me encantaba proporcionarle la satisfacción que necesitaba.
Pasaron tres minutos y noté como empezaba a inquietarse. Ya no quería masajes, me quería a mi.
Pasé aceite sobre mi torso, y me empecé a frotar contra él. Su respiración era muy fuerte y entrecortada. Me necesitaba. Se dio la vuelta.
Me encantaba esta posición. Sus ojos ardían y me daba una gran perspectiva. Lo miré, de arriba a bajo, hasta toparme con su sexo que se rozaba con el mío. Estábamos ansiosos, pero decidí hacerlo esperar más.
Sus manos jugaban con mi pecho aceitoso. Bajé y me apoyé en su torso para que se incorpore a mi sensación de calor junto al aceite que me cubría. Lo besé tan apasionadamente que me quedé sin aliento. De tanto mordernos, sentí el gusto a sangre en mi boca, pero no sabia si era la suya o la mía. Desde luego, no importaba en absoluto.
Sus manos recorrían mi espalda, de arriba a bajo, en movimientos lentos y circulares, tranquilos, suaves.
Tomé un preservativo y lo coloqué en su erección. Ya no podíamos aguantar más tiempo.
Entró en mi. Solté un gemido de placer y el gruñó demostrando su propia satisfacción. Mis movimientos eran ritmicos y regulares. Tomó mis manos y seguí cabalgando por encima de él.
Me tomó por la cadera para mantenerme ahí, y se sentó, sin salir de mi. Me abrazó mientras hacíamos el amor. Me besaba el cuello, y su respiración me hacía cosquillas en el cuello. Mi cabello tapaba mis pechos y rosaba el suyo, provocando una escena totalmente erótica. Era perfecto.
Llegamos al orgasmo. Primero, él, liberandose y abrazandose a mi. Unas embestidas más dentro mío, y me corrí yo, mordiendo su hombro y subiendo, hasta besar su cuello y más tarde sus labios.
Nuestros ojos se encontraron. Me atreví a decirle con la mirada que no quería que esto acabara nunca.