5 ago 2014

XXXI

Salomé:
Como las cosas iban de mal, en peor, decidí irme a Europa.
Tomé lo necesario, ropa, dinero, la cámara, celular y auriculares. Tomé el primer vuelo, después de que mis papás me visitaran en casa y yo les cuente todo sobre el bebé y Nicolás, y partí hacia Italia.
Había averiguado sobre unos departamentos baratos. Plata me sobraba, tenía de ahorros viejos.
Resulta que no era un departamento, sino una casa compartida. Vivía un hombre de unos 30, que era Argentino, y se había ido a vivir a los 25 a Europa por trabajo. Era chef, como mi cuñado. Pero un chef Italiano... Era muy conocido en el barrio, la cuidad. Se hablaba muy bien de él. Estaba alquilando porque necesitaba ahorrar, su trabajo le dejaba unas pocas deudas pero le iba bien en general.
Llegué y timidamente, lo saludé. Era muy alto, llevaba una camisa blanca y un jean no muy ajustado. Tenía el pelo rubio oscuro, y sus ojos eran muy grises y apagados. Estaba ligeramente bronceado y sus facciones eran casi-perfectas. Muy bonito, pero no estaba como para pensar en hombres ni involucrarme, deseché todo tipo de pensamientos oscuros de mi cabeza lo antes posible.
Me miró de arriba abajo, y me dijo con una tonada entre italiana y argentina:
- Vos debes ser Salomé... - no paraba de mirarme a los ojos, me comía con la mirada - Te esperaba más temprano, tendrás que saber disculparme, pero la pizza se enfrió.
- Hubo un retraso con el avión - mentí, me había perdido en Italia... - No hay problema con la comida, en serio, yo me las arreglo
- No señorita - más confiado, dijo - si vivis en mi casa, vas a comer lo que yo te prepare. A demás, nada más rico que la comida de un chef... y más las pizzas y la pasta. Vamos, te acompaño a comer. Dame las valijas.
- Bueno, gracias.. ¿Cómo es tu nombre? - dije
- Aquiles, pero podes llamarme Tano, como a todos acá - dijo riendose
- Bueno, ya te voy a encontrar un apodo... - dije, más segura de mi misma.
Entramos y calentó un poco la pizza, estaba muy rica. Se había pasado.
Me acompañó a mi habitación, y mientras caminabamos, hablabamos de todo un poco. Me contó que trabajaba de noche, y a veces al mediodía, que estaba esperando a que reconstruyan un pequeño local en la esquina de la cuadra donde vivía, así instalaba su nuevo restaurante.
Durante un momento, nos quedamos callados en medio de mi habitación y, era tanto el silencio que escuchaba su respiración. Primero, tranquila, pero mientras más me miraba, era más pesada.