5 ago 2014

XXXII

Noté cierta tensión. No quería saber que tipo de tensión era, pero muy en el fondo lo sabía. No se si estaba preparada para algo así luego de todo lo que pasó, muy poco tiempo. Pero quizás yo me estaba comiendo la cabeza de nuevo. No quería ni pensar.
Tosí a proposito para cortar un poco con el silencio, tomé las valijas y las puse arriba de la pequeña cama.
Cuando notó la incomodidad que sentía, me indicó donde estaba el baño, y que si necesitaba algo, podía pedirselo, o buscarlo, porque su casa ya era la mía.
Le respondí con una sonrisa, y a penas cerró la puerta, me dispuse a deshacer las valijas. El placard tenía unos pocos vestidos lindos ya incluidos, y los dejé ahí, a un costado colgados, pues no sabía de quien eran.
Llené el guardarropa con mis cosas y me tiré en la cama. Bastante cómoda. Luego, colgué unas fotos, y eché perfume al aire. Se sentía fresco, cómodo, tranquilo.
Aquiles tocó la puerta, y acto siguiente entró. Se había duchado y cambiado. Tenía un aroma a menta que llamaba la atención. Se sentía fresco, como el agua. Llevaba una remera gris lisa, y un joggin negro. Estaba descalzo y su pelo rubio estaba mojado, como si alguien hubiera tratado de peinarlo y hubiera fallado. Era sexy.
-Voy a trabajar. La cena está preparada, son ñoquis, señorita. Si no le gusta, tomese el atrevimiento de probar lo que quiera, abra la heladera, es su casa - dijo
-Gracias Aqui - le dije y esbozó una hermosa sonrisa blanca, sus dientes perfectos iluminaban la habitación, y me sonrojé. Luego recordé que estaba vestida bastante provocativa y tirada en una cama, y me retracté al instante.
Se dió cuenta de que me había puesto colorada y largó una pequeña risa, se despidió, y fue a trabajar.
Fui a la cocina y noté que había preparado la mesa. Una pequeña vela iluminaba la sala y sonaba una canción tranquila de Oasis de fondo. Me serví ñoquis y luego de comerlos, lavé los platos, dejé la música, tomé una copa de vino y, junto a la vela, escuché la música.
A la madrugada sentí un ruido y me asusté, pero era él, entrando.
Con su maravillosa sonrisa, buscó una copa, sin dejar de mirarme, tomó el vino y se sentó a mi lado.