22 sept 2014

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Ya hacían 3 meses de mi estadía en Italia. Tres largos meses que conocía al hombre más perfecto del mundo. Tres meses de pura pasión, sexo y hasta amor.
Tocaban la puerta a eso de la medianoche. Yo estaba sola, y aunque no tenía miedo, no sabía con que me iba a encontrar al otro lado. Estaba lo bastante bien vestida para estar en casa: Jean, camisa blanca y alpargatas, cabello recogido y bien pintada. A penas tocaron la puerta interrumpí la lectura de mi libro y me dispuse a ver por la ventana: no veía nada.
Abrí la puerta y con la otra mano sostenía un bastón de madera con un clavo en la punta: estaba bien protegida.
Aquiles estaba con un super ramo de rosas, tenía un jean gastado, una camisa negra y largaba olor a One Millon, una droga.
Me derretí, era tan hermoso como siempre, y aunque no estábamos en nuestra mejor etapa y teníamos bastantes discusiones, olvidé por completo eso y me abalancé hacia él. Lo abracé y el olor se intensificó, al igual que nuestra sangre, la cual empezó a bombear más rápido y a despertar nuestros instintos más fogosos.
Entró a la casa conmigo entre sus brazos y arrojó el ramo de rosas en la mesa. Ya hacían casi tres semanas de que no teníamos sexo. Trataba de controlarme bastante y no sucumbir ante mis momentos de calentura solo porque sabia que este preciso instante llegaría: dos leones en la cama.
Fuimos a lo básico: la cama. Estaba en perfectas condiciones, por suerte había ordenado bien la casa y había prendido unas velas aromáticas en todos los ambientes, mi sexto sentido me indicaba que algo andaba bien.
Me quitó la ropa al igual que yo se la quité a el. Por poco no salía fuego de nuestros cuerpos, ardíamos. Me miraba y con esa sonrisa me decía que me iba a hacer suya, aunque ya sabía desde hace tiempo que ya era de su pertenencia.
De un momento a otro nos calmamos. Se dispuso a hacerme el amor. Me besó en todos lados, se controló por morderme despacio y acariciarme lenta y suavemente. Yo hice lo mismo cuando me tocó estar sobre él.
Nos movíamos y nos complementabamos tanto que fue el ambiente perfecto. Sudabamos y nuestras gotas se juntaban. Fue lo más lindo que nunca había hecho y sabía que él pensaba lo mismo.
Luego de dos rounds más de sexo y amor, de sudor y pasión, de recorrer la casa y ensuciarla con nuestros pecados, nos recostamos en la cama nuevamente, nos tapamos y lo último que escuché antes de dormirme (y por eso pienso que quizás fue parte del sueño), fue que Aquiles dijo que me amaba con locura y que nunca iba a dejar que me vaya.