Decidí ponerme el vestido negro tan lindo que había comprado la otra tarde en aquel shopping. Cubría poca parte de mi espalda y dejaba al descubierto un gran escote. Algunos me dirían atrevida, yo más bien lo definiría como sexy o erótico.
A las ocho menos diez, estaba casi lista. Los zapatos blancos combinaban con las perlas que decoraban mi cuello, y mi pelo castaño cubría casi toda la parte de la espalda que no cubría el vestido, que al llegarme hasta la mitad de los muslos, dejaban a la vista unas maravillosas piernas trabajadas en el gimnasio con gran esfuerzo.
Aquiles pasó a buscarme en el Audi que le había regalado su padre tan solo hacia unos 3 años. Estaba de traje negro, con camisa gris y sin corbata. Totalmente hermoso.
Llegamos al gran salón reservado y la gente comenzó a saludarme y felicitarme por mi gran ascenso y por la década cumplida. Los fotógrafos iluminaban mi cara y mi cuerpo con sus flashes, la gente me perseguía.
Durante dos horas estuve charlando de acá para allá con muchos amigos, conocidos y desconocidos que tampoco me interesaba conocer realmente. Después de unas copas de champagne estaba totalmente lista para bailar y disfrutar.
Un muchacho corpulento se acercó hacia mi con mirada seductora. No pude evitar sonrojarme. Traía en su mano otra copa más, y me sonrió luego de darmela y besarme la mano, muy elegantemente.
Luego de un par de minutos hablando sobre los nuevos proyectos y viajes, la charla se ponía interesante. Aquiles no estaba por ningún lado y tenía que estar para cuando yo hable en público.
"... También, agradecer a quienes tuve siempre al lado."
Así es como terminé mi discurso. La gente aplaudía y yo reía, pero estaba mal. Por dentro furiosa. No sabía donde se había metido. Me senté en un sillon bastante alejado y nuevamente, el extraño llamado David, se acercó y me invitó a bailar.
Olía a un perfume francés carisimo y su pelo era de un negro opaco pero, se notaba que era suave. Llevaba un traje totalmente negro, camisa blanca y corbata también negra. Emanaba sexualidad y sensualidad. Sus movimientos al bailar me provocaban cosquillas en las partes más intimas y sensibles de mi cuerpo y eso me estremecía, solo al pensar que deseaba otro hombre me ponía mal por el hecho de que Aquiles existía en mi vida.
- Me gustaría recorrer con mis labios cada perla de tu cuello hasta llegar al escote que tu divino vestido deja a conocer.
Me quedé atonita. No sabía que responder, y me sobresalté por dentro al ver que había gemido un poco.
- Mmmh... es imposible - dije.
Cada palabra que decía, calentaba cada centimetro de mi cuerpo. Sus manos posadas en mi cadera provocaban estragos en mi pecho y mi boca se resistía a la suya.
- Nada es imposible. Andá a la suit 201, tomá la llave y esperame. - dijo.
Sin decir una palabra, se apartó, fue a buscar una copa y se fue a hablar a una ronda formada en su mayoría por hombres. Me dejó desolada y caliente, pero por alguna extraña razón, sucumbí a su pedido.
Luego de subir por el ascensor, saludar a unos compañeros y esconderme de otros, entré a la gran suit.
El olor a rosas invadió mis fosas nasales y la elegancia era exquisita. En la mesa ratona, junto a unos pequeños sillones dorados, se posaba un champagne helado y dos copas. Me serví una copa, y luego otra.
¿Qué estaba haciendo? Tenía que irme de ahí.
En la puerta, a punto de abrir, apareció David. Su cara era un espectáculo, no decifraba nada más que la confusión que le provocaba verme yendome.
- No, vos te quedas. Anda a la cama.
- Para un poco mandón. Si quiero me quedo, así que correte - dije empujandolo. La puerta se cerró de golpe y me acorraló contra un rincón. Sus labios cerca de los míos dijeron
- Si no queres problemas, acostate en la cama enseguida, que no aguanto las ganas de hacerte mía esta noche.
Lo empujé nuevamente, caliente y frustrada, y me senté en la cama.
Luego de unos minutos mirandome, se acercó. Sus manos acariciaron mi pelo y tocaron mis labios. Estallaba por dentro. Necesitaba que esté dentro mio.
Comenzó, como dijo antes, a besar cada perla. Yo, acostada debajo de él, rogaba porque me saque la ropa.
Cuando quise tocarlo no me dejó, pero apretó más fuerte su erección contra mi sexo.
- Eso es lo que pasa si me desobedecés. Portate bien o no va a haber más que frustración - dijo.
Me quedé de piedra, pero disfruté cada beso que le daba a las perlas y a mi pecho.
Cuando terminó de bajar el cierre de mi vestido, me advirtió que quería que me quede con las perlas y los zapatos, y realmente me quedaban muy sexys con la ropa interior de encaje que llevaba puesta.
Comenzó a quitarse su ropa y quedó en boxer. Su gran erección se notaba viva entre las telas que nos separaban y yo estaba dispuesta a cualquier cosa solo por conocerla.
Me levantó del golpe, y quedé a caballito, arriba de él. Nuestros sexos se unieron, cada vez mas cerca de conocerse realmente. Me besó con pasión y me deboró el cuello y los labios. Sentí sabor a sangre pero no sabia si era de él o mio. Me agarré a su cabeza y a su espalda voluminosa, y no pude sentir más que deseo a este hombre hermoso.
Sus ojos verdes me penetraban, sus pupilas dilatadas me demostraban cuanto me deseaba.
- No aguanto más - dije.
- Impaciente la señorita...- dijo él.
Me bajé de él. Le bajé los calzoncillos y empecé a jugar con su miembro. No me apartó, le gustaba lo que estaba haciendo. Era gigante y hermoso.
Me quitó la ropa interior mientras yo lo tocaba y empezó a imitarme. Sus dedos me hacían perderme tremendamente en otro mundo, mientras que yo esperaba el momento perfecto en el que esté dentro mio.
De repente, me alzó de nuevo y se introdujo dentro mío. Una y otra vez, rapidamente, fuerte. No sentía más que placer y ganas de más. No era suficiente. Arañé su espalda y su cuello estaba totalmente rojo. Mis pechos manoseados y mi cola palmada pedían auxilio.
Llegamos juntos al climax. Después de un estallido me tiró a la cama y nuevamente empezamos lo que no queríamos que terminara.
Dos rounds más, en el baño y en la cama y estabamos exhaustos. Ya casi eran las doce. En mi celular no tenía ninguna llamada perdida. Me vestí nuevamente y David se quedó acostado y dormido como un bebé- Aunque me hubiera gustado quedarme, tenía que volver a casa con mi prometido.
Bajé en el ascensor y me encontré con Aquiles dentro. Su traje estaba totalmente desarreglado y sus labios rojos. Me miró y agachó la mirada. Me había engañado. Lo dejé pasar por la culpa que tenía dentro mio, aunque me provocaba rabia saber que había estado con otra mujer. Los dos nos habiamos portado mal.
Los cinco minutos dentro del ascensor fueron totalmente de discusion, besos, calentura y casi sexo. Al abrirse las puertas, el salón nos miró y nos aplaudió. Salimos tomados de la mano y saludando a las camaras. Nos esperaba otra noche de sexo.